"— ¿Qué es el amor?
Pregunté.
— ¿Es acaso entrega total? ¿La servidumbre de un espíritu dispuesto a todo por otro? Yo daría todo por ti.
— Por supuesto que no. Entonces no me amas.
Dijo ella.
— De qué me sirve que des todo por mi. Si lo haces no podrías amarte a ti mismo.
Atajó.
— ¿Cómo podría amarme a mi mismo? Cómo podría dar todo por mi, si lo que quiero es dártelo a ti.
Pregunté. Extasiado y confundido a la vez.
— No puedes tampoco dar todo a ti mismo.
Respondió risueña. Yo, al borde del llanto y la desesperación; sintiendo un peso enorme que aplastaba mi pecho, que estrujaba mi corazón y que me asfixiaba lentamente, le supliqué:
— Dime entonces qué es el amor.
— No lo se.
Me dijo pensativa, y acto seguido exclamó:
— Pero te puedo decir qué es amar.
Fingió una pausa divirtiéndose. Una exhalación salió de mi pecho, como si la fuerza de ese peso se estuviera incrementado y expulsara los restos de mi alma palpitante. Luego, ella finalmente respondió:
— Amar es como si lo dieses todo, pero sin dar nada. Pues hay algo que no puedes dar aún en el caso en que quisieras, porque nadie más puede tenerlo. Aunque lo ofrecieses, se disiparía en la nada y lo perderías para siempre.
— ¿Y qué es eso?
— Adivina adivinador. Tu dignidad.
Una risita nerviosa escapó de ella cual prisionera en busca de libertad. Yo solté lo que quedaba de mi alma huída.
Muerte y sueño.
Nos vimos a los ojos, en ese jugueteo incómodo siempre lleno de incertidumbre, que sin embargo, es tan cierto como la verdad de un axioma matemático.
Entonces, súbitamente, respiré una vez más, como había practicado cientos de veces. El peso desapareció y mi alma regresó, para perderse nuevamente en el abismo de un beso apasionado."
El Filósofo de la Noche.
Pregunté.
— ¿Es acaso entrega total? ¿La servidumbre de un espíritu dispuesto a todo por otro? Yo daría todo por ti.
— Por supuesto que no. Entonces no me amas.
Dijo ella.
— De qué me sirve que des todo por mi. Si lo haces no podrías amarte a ti mismo.
Atajó.
— ¿Cómo podría amarme a mi mismo? Cómo podría dar todo por mi, si lo que quiero es dártelo a ti.
Pregunté. Extasiado y confundido a la vez.
— No puedes tampoco dar todo a ti mismo.
Respondió risueña. Yo, al borde del llanto y la desesperación; sintiendo un peso enorme que aplastaba mi pecho, que estrujaba mi corazón y que me asfixiaba lentamente, le supliqué:
— Dime entonces qué es el amor.
— No lo se.
Me dijo pensativa, y acto seguido exclamó:
— Pero te puedo decir qué es amar.
Fingió una pausa divirtiéndose. Una exhalación salió de mi pecho, como si la fuerza de ese peso se estuviera incrementado y expulsara los restos de mi alma palpitante. Luego, ella finalmente respondió:
— Amar es como si lo dieses todo, pero sin dar nada. Pues hay algo que no puedes dar aún en el caso en que quisieras, porque nadie más puede tenerlo. Aunque lo ofrecieses, se disiparía en la nada y lo perderías para siempre.
— ¿Y qué es eso?
— Adivina adivinador. Tu dignidad.
Una risita nerviosa escapó de ella cual prisionera en busca de libertad. Yo solté lo que quedaba de mi alma huída.
Muerte y sueño.
Nos vimos a los ojos, en ese jugueteo incómodo siempre lleno de incertidumbre, que sin embargo, es tan cierto como la verdad de un axioma matemático.
Entonces, súbitamente, respiré una vez más, como había practicado cientos de veces. El peso desapareció y mi alma regresó, para perderse nuevamente en el abismo de un beso apasionado."
El Filósofo de la Noche.

No hay comentarios:
Publicar un comentario